Nuestro horario laboral marca nuestro horario de comidas y debemos saber adaptarnos de una manera correcta, sobre todo, si la jornada es poco común o funciona por turnos cambiantes.

El turno de noche puede producir algunas molestias, tales como fatiga, estrés, falta de apetito, estreñimiento, irritabilidad y una alimentación desequilibrada. Además debemos conseguir una conciliación con los horarios familiares y de ocio, entre otros. Si mantenemos un horario fijo de comidas nuestro cuerpo está mucho más tranquilo, relajado, con menos estrés y además nos puede ayudar a adelgazar.

La falta de comedores en horario nocturno provoca que a menudo se suelan comer bocadillos con embutidos, alimentos grasos y bebidas excitantes que contienen cafeína. La mejor opción es que nos llevemos al trabajo una fiambrera que conste de un primer plato a base de verdura o ensalada y un segundo con carne, pescado o huevo, un poco de pan y postre, sin olvidarnos de hidratarnos debidamente a lo largo de toda la noche.

Cada horario, cada turno y cada empresa son diferentes, por lo tanto, debemos adaptarnos a ello. Hay que distribuir a lo largo del día dos comidas principales (equivalentes a comida y cena). Si restamos las 8 horas de descanso, durante el resto del día sería conveniente realizar las 5 comidas o incluso 6, es decir, comer cada 3 ó 4 horas, por ejemplo una fruta, un yogur, una barrita, un sándwich de jamón dulce, etc.

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